Aprender a levantarse: por qué los niños necesitan dificultades a su medida, no que los rescaten
En las escuelas vemos este fenómeno a diario. Un niño se queda fuera de un juego, discute con un compañero, saca una mala nota o escucha un comentario que le molesta y, cada vez con más frecuencia, los adultos intervienen antes de que el niño pueda procesar lo ocurrido. Lo que antes podía resolverse jugando, hablando, pidiendo perdón o incluso aprendiendo a convivir con cierto grado de frustración puede convertirse rápidamente en un conflicto entre adultos.
Esta sobreprotección tiene consecuencias. Como señala Michael Rutter en su artículo de investigación Resilience concepts and findings: implications for family therapy, una parte importante de la resiliencia se desarrolla precisamente a través de la forma en que los niños procesan sus experiencias y aprenden de ellas. Por su parte, Ann Masten describe la resiliencia no como una cualidad extraordinaria, sino como el resultado de sistemas de adaptación normales que se fortalecen a lo largo del desarrollo (fuente: Ordinary magic: Resilience processes in development). Cuando los padres eliminamos sistemáticamente la dificultad, también podemos estar quitando a nuestros hijos oportunidades de descubrir algo fundamental: "esto fue difícil, pero fui capaz de afrontarlo y recuperarme".
La evidencia sobre la llamada "crianza helicóptero" apunta en la misma dirección. Un metaanálisis de 53 estudios y más de 46.000 jóvenes, publicado en Parenting in Overdrive, concluyó que una mayor sobreimplicación de los padres se asociaba con una menor autoeficacia y una menor capacidad de autorregulación, así como con una mayor interiorización de los problemas. Como demostraron Mueller y Dweck en su artículo de investigación Praise for intelligence can undermine children's motivation and performance, la forma en que los adultos reaccionan ante el éxito y el fracaso influye en cómo los niños aprenden a responder a las dificultades: tras un fracaso, los niños orientados al esfuerzo mostraron más perseverancia que aquellos cuya identidad se había vinculado a demostrar su capacidad.
Este cambio se produce, además, en una sociedad en la que muchas familias tienen menos espacios para el juego libre, menos autonomía infantil y menos interacción cotidiana dentro de una comunidad física. Jonathan Haidt describe este cambio en su libro The Anxious Generation como el paso de una infancia basada en el juego a una infancia basada en el móvil: hemos sobreprotegido a los niños en el mundo real mientras les permitíamos una exposición extraordinaria al mundo digital. Si eliminamos los obstáculos del mundo exterior para un niño y, al mismo tiempo, una pantalla le permite escapar al instante del aburrimiento, la frustración, la soledad o el rechazo, puede que estemos reduciendo precisamente las experiencias cotidianas a través de las cuales se aprende la resiliencia.
No se trata de que los niños tengan que sufrir. De hecho, Seery, Holman y Silver, en su artículo Whatever does not kill us: Cumulative lifetime adversity, vulnerability, and resilience, encontraron una relación mucho más matizada: haber vivido cierta adversidad previa se asociaba con una mejor respuesta ante dificultades posteriores, mientras que los niveles altos de adversidad se relacionaban con peores resultados. Por tanto, el objetivo educativo y familiar no debería ser provocar la adversidad, sino permitir dificultades asumibles, dar autonomía para afrontarlas, ofrecer apoyo cuando sea necesario y una oportunidad real de recuperarse. Proteger a nuestros hijos de lo que puede hacerles daño es nuestra responsabilidad; protegerlos de toda frustración puede impedir que aprendan que son capaces de superarla.
En definitiva, la cuestión no es si los niños deben enfrentarse a dificultades, sino si les dejamos practicar con esas dificultades cotidianas y superables que construyen la confianza necesaria para afrontar otras más difíciles en el futuro. Cada vez que intervenimos para borrar una decepción que un niño podría haber gestionado solo, cambiamos una lección de resiliencia pequeña y asumible por otra más grande y silenciosa: que no es capaz de salir adelante sin nosotros. Criar niños resilientes significa resistir ese impulso: protegerlos del daño real y, a la vez, permitirles la frustración, el fracaso y la recuperación que les enseñan, a través de su propia experiencia. Ese es, en esencia, el verdadero camino que los niños deben recorrer para llegar a ser resilientes.
En Ariston Education, la resiliencia es uno de nuestros valores fundamentales. Fomentar la capacidad de tu hijo para adaptarse, perseverar y recuperarse ante los contratiempos, los retos o la adversidad es una habilidad esencial que cultivamos para que los niños estén preparados no solo para un futuro, sino para muchos.
Fuentes citadas:
Masten, A. S. (2001). Ordinary magic: Resilience processes in development. American Psychologist, 56(3), 227–238. DOI: 10.1037/0003-066X.56.3.227.
Rutter, M. (1999). Resilience concepts and findings: implications for family therapy. Journal of Family Therapy, 21, 119–144. DOI: 10.1111/1467-6427.00108.
Mueller, C. M., & Dweck, C. S. (1998). Praise for intelligence can undermine children's motivation and performance. Journal of Personality and Social Psychology, 75(1), 33–52. DOI: 10.1037/0022-3514.75.1.33.
Seery, M. D., Holman, E. A., & Silver, R. C. (2010). Whatever does not kill us: Cumulative lifetime adversity, vulnerability, and resilience. Journal of Personality and Social Psychology, 99(6), 1025–1041. DOI: 10.1037/a0021344.
McCoy, S. S., Dimler, L. M., & Rodrigues, L. (2025). Parenting in Overdrive: A Meta-analysis of Helicopter Parenting Across Multiple Indices of Emerging Adult Functioning. Journal of Adult Development, 32, 222–245.
Haidt, J. (2024). The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness. Penguin Press.
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